¿Puedes imaginar lo que es sentirte incompleto?

Enfrentarte al espejo tras una mastectomía radical es, sin duda, una de las experiencias más dolorosas e impactantes que puede vivir una mujer. Al dolor físico se une el emocional: el generado por el duelo ante una pérdida, por  creencias erróneas que asocian la feminidad a los senos o que obligan a la paciente a emprender una cruzada para convencer a quienes la rodean que aún es suficiente mujer.

En mi caso, ese momento llegó menos de 24 horas después de la cirugía. El impacto es tan fuerte que desgarra el alma. A un año de distancia, puedo compartirte que no estaba preparada para ello… como tampoco lo estaba mi mamá, quien en esa única ocasión se permitió llorar conmigo.

Sí, sé que muchas personas han perdido sus extremidades, inferiores y superiores, en distintas condiciones, y que muchos de ellos nos ponen el ejemplo por su entereza para levantarse y enfrentar la vida. Pero desde mi experiencia, el “choque” que se recibe al ver la cicatriz que deja la ausencia de un seno es doblemente doloroso, no sólo por la pérdida física sino, como dije antes, por todo lo que representa.

Por cultura se asocia a los senos con la feminidad y existe la creencia de que son parte fundamental del saberse y sentirse mujer. Por eso, la pérdida de uno de ellos, o de los dos, es tan fuerte. Sí, estás viva y de pie, haciendo frente a la enfermedad, pero por unos segundos de irreflexión, en los que no piensas y sólo sientes, ni eso te parece suficiente para superar la pérdida. Nada te prepara para la transformación del paisaje que representa tu cuerpo y que estás acostumbrada a ver. De pronto, de golpe, de manera quizá inesperada -como en mi caso-, debes empezar a entender que donde antes había colinas o montañas, ahora sólo habrá planicies, valles y quizá hasta hondonadas, porque la cirugía es tan severa que los médicos se ven obligados a “raspar” la mayor cantidad de tejido y células en un afán de erradicar todo signo de malignidad.

Y aun cuando fijé en mi mente y en mi corazón que como mujer soy mucho más que un seno, en los primeros días tras la cirugía me propuse que nadie, salvo mi mamá y, por supuesto, los médicos y enfermeras que me atendían, vería la cicatriz física que me causó el cáncer de mama. Entiendo que uno no va por la vida mostrando esas cicatrices, pero de pronto puedes estar en medio de situaciones en las que brota la proverbial “curiosidad femenina” y hay alguien que te pide que le muestres cómo se ve, cómo quedaste. Entonces, para no vivir una experiencia similar y evitar un mal momento que, generalmente, termina con el impacto dibujado en el rostro, incluí en mi -inicial- negativa a mis hermanas, amigas, tías, sobrinas y, sobre todo, a mi hija adolescente.

Así, pese a la inutilidad física en la que estaba y por si mi mamá no podía apoyarme, aprendí a hacerme las curaciones yo misma. Realmente me agobiaba pensar que alguien viera la cicatriz y se impactara. La preocupación era tal que cuando acudí a comprar mi primera prótesis, a la que llaman de descanso, me quedé petrificada cuando Yoli, la dueña de la boutique especializada a la que acudí, me pidió que me retirara los vendajes. Mis emociones fueron más que evidentes, así que Yoli me invitó a pasar al vestidor y yo, cual niña pequeña, entré pero en compañía de mi mamá. Una vez ahí, Yoli me dijo: “yo soy sobreviviente de cáncer de mama, y también me hicieron una mastectomía. Nunca me reconstruí. Mira mi cicatriz”. Y sí, su imagen me devolvía la mía como si fuese un espejo. La empatía fue, a partir de ese momento, inmediata.

Por unas semanas usé esa prótesis de descanso y después, cuando los tejidos se desinflamaron y esa resultaba inadecuada, pude adquirir una prótesis externa, tan natural que resulta imperceptible cuando se lleva. A la par, aprendí a aceptar y a amar la cicatriz que tengo, a comprender que también soy yo… y ya no me agobia pensar en que alguien pueda verla. Cuando me sometía a las sesiones de radioterapia, por ejemplo, otra hermana de vida -y de circunstancias- me pidió que se la mostrara porque ella tenía problemas con su cicatriz. Y sí, pude hacerlo en tranquilidad y respeto hacia mi nueva amiga y, sobre todo, hacia mí misma.

En todo este proceso aprendí también a agradecer por lo afortunada que soy. Yo tuve los medios para adquirir las dos prótesis (y la ropa interior especial para usarlas) casi a la par de ocurrida la mastectomía. Y sí, es una enorme ventaja que te permite verte “normal” a los ojos propios y de los demás. Recuerdo la gracia que me causó ver cómo algun@s que sabían de mi cirugía hacían diversos esfuerzos para “adivinar” qué lado era el operado, porque aparentemente no había cambios.

Sin embargo, muchas mujeres no son tan afortunadas y si no cuentan con recursos económicos, para disimular su lado incompleto se “fabrican” una especie de prótesis con bolsitas de plástico rellenas de alpiste u otro material.

La verdad, no quiero ni pensar en lo que sienten al usarlas. Me gustaría creer que hacerlo es mejor que nada, pero no estoy tan segura de que así ocurra.

Por ello, el lunes me llamó la atención una noticia publicada en Reynosa, Tamaulipas, en la que hablan de que un grupo de voluntarias del IMSS tomó un taller para fabricar prótesis que regalan a mujeres mastectomizadas. En un año, han entregado seis de ellas y planean seguir produciéndolas.

Esas prótesis son elaboradas con hule espuma, al que se le añaden 350 gramos de balines para darle la forma y el tamaño requerido. Por último, la recubren con seda. La información no habla de la inversión que se requiere para cada una, pero calculo que es mucho menor a los 3,000 pesos que invertí en la mía, sin contar la adquisición de la ropa interior especial.

La verdad sea dicha, ese precio es relativo. Quizá resulte poco a los ojos de algun@s y mucho para otr@s. Lo cierto es que para mí es una cantidad muy bien empleada. En verdad, creo que el usar prótesis adecuadas, modernas, de calidad, y el tener acceso a la reconstrucción, cuando médicamente hay oportunidad de ello, no es una cuestión de estética. Se trata de recuperarte como mujer; de recobrar la autoestima, de sanar emocionalmente… y sí que vale la pena hacerlo.